Paisaje como enseñanza, idas y venidas con punto fijo en ningún sitio, en el
aire y sin fijar la poesía del descubrimiento, de los pasos acelerados.
Subir montañas una y otra vez, recordar esa historia de amor desde siempre,
quizás anterior a mi propia vida.
Enseñanza oculta en el fino respirar a más de 6000m de altura, en el
resquebrajarse del hielo por los crampones, en la roca fría de las cimas de los
Alpes.
Bosques, lluvia infinita, viento; naturaleza fuerte y sincera, naturaleza de las
montañas, esencia intensa y enamorada.
Y lunas, pocas lunas, 55 noches bajo el cielo rojo, bajo el cielo oscuro,
esperándola.
55 noches sin un techo, sin un asiento, sin una cama… Pero sobre todo 55
noches sin ella, sin luna; perdida en el abismo del cosmos, del infinito y los
corazones tristes.
Es desde ahí, desde el corazón, donde nace la pureza, las ganas de descubrir,
salir, perderse y encontrarse a uno en esa pérdida. Una pérdida siempre será
un encuentro.
Gentes, rostros, kilómetros y kilómetros, cimas, nubes, nieves, glaciares,
aristas, miedo, rayos.. Sencillamente vida. Sencillamente correr por montaña
como pasaporte al infinito.
De los Alpes al Pamir y vuelta a los Alpes.
Muchas, muchas montañas entre ellas, desde el Belvedère o l’Aiguille de Tour
al Petrovski o Razelnaya, volviendo a les Aigulles Rouges o les Grands Montets,
le Prairon o l’Aiguille Verte…
Sobre todo aquellas montañas escondidas, solitarias y ajenas a todo; aquellas
que no poseen nombre y no quise ponérselo. Montañas románticas de las
cuales no hace falta saber nombres, solo conocerlas a ellas.
Antes de estas montañas, sueño de cualquier enamorado, un gran susto, el
mayor accidente que he tenido en mi corta pero intensa vida; el Espigüete,
montaña querida, alpina, emblemática y , porque no, a veces también
peligrosa. Esta vez me dio un buen bocado en su cara Norte, en un descenso
tras haber subido por su precios arista Este; se tomó un tiempo para lanzarme
al vacío, a sus entrañas, en una interminable caida de más de 200m de
desnivel, hasta chocar con una gran roca, que frenó lo inevitable.
Afortunadamente la montaña sólo quiso un bocado aquel día de finales de Junio
y en algo menos de dos semana volví a correr por las montañas…
Y ahora Pirineos, montañas de infancia y montañas de siempre. Por fin pude
establecer una pequeña casa en uno de sus muchos valles, mirar cada día sus
cimas airadas, sus tormentas, correr por sus bosques y sus pedreras…
Oler el viento seco que se cuela por sus rocas y balancea sus hojas…

Tras el intenso verano, mi pierna al final dijo basta y hasta hoy no a querido
moverse, y yo, como no, la he respetado… Quizás, con algo de suerte , quiera
volver a correr por allí arriba, donde los ojos miran y la mente sueña desde el
valle, este otoño…
Un fuerte abrazo a todos los que habeis querido compartir algunas aventuras
estos días, a Gabi, Toni, Carlos, Arnau,Thomas, Pulak, Robert,Paula, mi hermana
y mi madre.
17/09/2014 en Villanúa
























